Mostrando entradas con la etiqueta Work in Progress. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Work in Progress. Mostrar todas las entradas

15.10.09

Santiago, Año Cero (1)

El jóven militar de pelo escarlata abandonó el Cabildo y dirigió sus pasos a una zona sombría de Santiago. Allí el emisario ya le esperaba para recibir las noticias.
-¿Cuáles son las buenas nuevas?
Bernardo vaciló un segundo antes de contestar
-¿Por qué me lo preguntas? Es obvio que tu maestro ya lo sabe, no sé para qué siguen ejecutando esta absurda pantomima.
-Deja de divagar y dime lo que sucedió.
-...
-Entiendelo, Bernardo, mi maestro no lo sabe todo. Sólo Dios es omnisciente.
- Bien. El Cabildo delegó sus poderes en un grupo de siete personas que conformarán la primera Junta de Gobierno, presidida por Mateo de Toro y Zambrano.
- Bien. Eso es lo que había escuchado.
-...
- Puedes retirarte.
-...
-¿Qué sucede, Bernardo?
- Hay algo que no entiendo ¿Por qué la Logia ordenó declarar hoy la Independencia? Aún dependemos de España y los Realistas siguen controlando gran parte de la población...
A pesar de que a través de la Capucha monástica era imposible ver el rostro del Emisario, Bernardo pudo notar como se endurecían sus facciones.
- En primer lugar, Bernardo, la Logia sabe lo que hace. Sólo debes confiar. En segundo lugar, Los Realistas no controlan a nadie. Sabes muy bien que el único que tiene poder sobre este lugar es el Maestro. En cuanto a fijar la fecha para hoy...
- ¿Si?
- Bien. Pensé que lo sabías, pero si el Maestro no te lo ha dicho, es porque no confía demasiado en tí. Es raro...
- Vamos, dímelo. Te juro que no te vuelvo a molestar y que acataré todas las ordenes de la Logia sin reclamar.
- Bien. Hoy es un día especial, Bernardo, los números son propicios para el triunfo. Dieciocho del Nueve...
- ¿Qué hay con eso?
-La cábala nos ha enseñado que el nueve es el número que está más cerca de la Perfección, por eso los satanistas le blasfeman invirtiendolo tres veces. El dieciocho se descompone y se suma: uno más ocho... nueve
- No entiendo.
- Entonces no vale la pena seguir explicandote.
- ¡Eh! Pero...
- Nada. Ahora retirate. En ocho años más tendrá lugar otra fecha muy especial... 1818.
-¿Y qué con eso?
- Ya verás, Bernardo. Pero en su momento.
O' Higgins se retiró, sabiendo que el hombre ya no le daría más respuestas. Pero el emisario se quedó un momentó antes de desaparecer, hablando para sus adentros.
"Es muy inexperto e ignorante. No puedo creer que sea el Elegido..."

7.10.09

Bajo un Sol Negro (2)

-Ahí está el Demonio que no me deja Dormir.
Ricardo señalaba hacia el velador continuo a su cama. Mientras hacía esto; su cuerpo se estremecía por completo.
-¿Desde hace cuántos días que está aquí?
-No lo sé- Ricardo lloraba- ¡No lo sé! He perdido la cuenta del tiempo, de las horas... Creo que hace una semana que no duermo, pero ahora no distingo bien un día de otro. Todo me parece sólo una horrenda noche interminable.
Lo miré con lástima. Luego dije:
-Sal.
Ricardo era un hombre bromista, yo le conocía. Y se veía abatido, casi apunto de quebrarse. Su historia era inverosímil, pero había que creerle. Sólo podía creerle. En condiciones normales, me habría pedido que le aclarara si lo que le pedía era que saliera o que me trajera cloruro de sodio. Pero ya dije que no se hallaba en condiciones normales. Estaba irreconocible. Apáticamente, casi por inercia, se dirigió a trompicones hasta la puerta.
-Esperame afuera. Yo me haré cargo de todo.

Una vez que me hallé sólo quize prepararme para el "sahumerio", pero no tenía idea de qué debía hacer exactamente. Ricardo estaba desesperado y había acudido a mí, y yo no quería defraudarlo. Así que por hacer algo me quité el chaleco y la camisa, quedandome con una camiseta sin mangas. Luego cogí la guitarra de Ricardo y comenzé a tocar una suave melodía. Nunca había escuchado esa canción, pero me parecía conocida. La música brotaba dulcemente del instrumento, deslizandose sin esfuerzo a través de las cuerdas. Estaba muy concentrado tocando, cuando sentí una caricia suvisima en el hombro. Me volví sobresaltado.
Frente a mí se hallaba, desnuda, la mujer más hermosa y sensual que había visto en mi vida. Su magnificiente estampa era coronada por una refulgente cabellera escarlata. Sus carnes enjutas y sus formas finas, delineadas y redondas obnibulaban mi mente. Sus ojos felinos se clavaban en los míos mientras sus labios finos se me acercaban suzurrando mi nombre con lascivia, invitandome a colgarme de sus caderas o acariciar sus senos blancos. El aire estaba completamente impregnado con el aroma dulzón de su escencia vaginal.
-Ven, ven a mí, tómame- Acariciaba mi rostro con suavidad y acercaba su boca cada vez más a la mía- Ven...
Entonces me estremecí. Sentí como si un puñal de hielo se hubiera abierto paso a través de mi cerebro.
-¡NO!-grité, apartando al demonio de mi lado- ...Aléjate.
-¿Por qué me rechazas, amor mío? Sabes que lo quieres. Sabes que lo necesitas- su mirada se volvía más y más intensa- Sabes que no puedes vivir sin esto...
Mi cerebro bullía a cien revoluciones por segundo, comprendí que me doblegaría, que moriría allí mismo, castrado o destripado, si no hacía algo. Y mi instinto sabía que sólo se podía frenar un impulso maniatico con otro impulso aún mayor. Así que en medio de mi desesperación cogí una silla del escritorio de Ricardo y me abalanzé freneticamente sobre el Demonio, golpeandolo con una rabia ciega, desfigurandola horriblemente, destruyendo hasta el último ápice de atractivo que tuviera.
Al cabo de unos minutos me detuve, horrorizado al darme cuenta de lo que acababa de hacer. Contemplé espectante la masa poliposa y deforme de visceras y huesos rotos en la que se había convertido aquella mujer. Y fue entonces que aquella sustancia visceral pareció cobrar vida, y comenzó a moverse; regenerandose e incorporandose poco a poco, como una película stop-motion. La libidinosa mujer que hacía unos instantes yo había reducido a carne molida volvía a hallarse frente a mí, pero ya no había ni el más remoto asomo de erotismo en su mirada. Sus ojos brillaban inyectados en ira, como dos braceros infernales.
-¡¿POR QUÉ HACES ESTO?!¡¿POR QUÉ TE RESISTES ANTO?!- chillaba como una loca y comenzó a romper las cosas de Ricardo-¡¿POR QUÉ NO SÓLO TE ENTREGAS?!
-No. No quiero. Largate. Busca otro lugar y déjame en paz. A mi amigo y a mí. No sé, veta a la Legua, quizás allí encuentres mucha gente con ganas de fornicar o de morir.
La succubus parecía compugnida, contrariada quizas por algo que era incapaz de comprender.
-¿Por qué?-hablaba sola, casi en suzurros- ¿Por qué sucede esto? No lo entiendo... primero él y ahora tú... Se Resisten... no se cómo se resisten. Él también fue incapaz de sucumbir- me miró, y había miedo en su mirada. Lo siguiente fue un maullido casi inaudible:- ¿Estaré perdiendo mis facultades?
Por un momento, la ingente amenaza que representaba el demonio pareció desaparecer. Era patético. Me produjo lástima. Pero no se podía uno fiar nunca, nunca con ellos. Confiarse podía ser la diferencia entre morir o triunfar.
-Te mataré. Te mataré Cien veces, cien veces hoy, cien veces mañana, y así hasta que ya no te queden fuerzas para regenerarte. Hasta que ya no halla magia en tus venas.
Volvió a mirarme a los ojos. En su mirada se conjuban el horror y la ira.
-No puedes ganar.
-Ya lo hice.
-Ingenuo- quizo atacarme, pero se detuvo al ver que yo me arrimaba a la silla- ¡No! No es necesario. Pero entiendelo. Yo también quiero vivir.
Una succubus. Un demonio que visita a los hombres desde tiempo inmemoriales, asumiendo la forma de una excitante mujer, y se nutre del vigor del macho, ahogandolo en su sexo hasta matarlo de la manera más monstruosa que exista. Intente alejar de mi mente la imagen de Lëowald, el caballero andante que había reventado por el recto luego de haberse entregado a una succubus. Las leyes del Infierno le prohiben a los demonios el tomar las cosas por la fuerza, los dones deben ser entregados voluntariamente. Es por eso que siempre tientan a la gente, inventando metodos para obtener lo que necesitan.
-Esta bien- dije mientras me dirigía la velador que Ricardo había señalado durante nustra conversación- Hagamos un trato.

No sé bien qué impresión le habré causado a Ricardo al salir de la habitación, pero se acerco a mí muy ansioso para preguntarme:
-¿Qué pasó?¿Lo viste?
-Si-dije- No volverá a molestarte. Luego de una pausa- Acompañame.
Nos dirijimos al patio, en donde le señale a Ricardo que debía traerme parafina, papeles y un tarrito. Entonces abrí la mano, que traía empuñada desde que había salido de la habitación. Adentro llebava una repugnante bola de mugre, hecha de pelusas, cabellos y una materia viscoza parecida al petroleo.
-Esto-dije-es el corazón del demonio. Hay que quemarlo.
Entonces encendimos el tarro, y hechamos dentro aquel abominable bolo. Durante la combustión se elevaron llamas azules y verdes, y brotó un penetrante olor a pobredumbre y azumagado.

23.12.08

V.- Consecuencias

El Dragón de Siete Cabezas había dejado de existir hacía bastantes años, aunque durante mucho tiempo su sola mención causó pavor entre las personas. Sobre todo considerando que su nombre solía escucharse en medio de frases como “El Dragón de Siete Cabezas desea verte” o “Eso no hará más que enfurecer al Dragón”. Claro que esto no hacía más que suscitar carcajadas entre aquellos que comprendían la real implicancia de este mitológico reptil. De hecho, les encantaba repartir la errónea creencia en la existencia de algún tipo de secta satánica.
El nombre lo había propuesto Ismael, y a Domingo le había encantado. Él siempre se había sentido inclinado hacía aquellos epítetos simbólicos, además de su honda satisfacción al verse por fin en medio de una especie de logia secreta que controlaba todo desde las sombras. También había sido idea de Ismael el que todos los miembros tuvieran un sobrenombre que los identificara. Cada cual quiso asignarse a si mismo el suyo, por lo que para mayor objetividad se creo una comisión externa que se los diera. Así, entre comisiones, reuniones secretas y conclaves ocultos pasaron los días de los que en pocos años se convertirían en los dirigentes del país. Este heterogéneo grupo se caracterizaba por dos grandes rasgos: sólo tenían una mujer, y ninguno de los miembros excedía los diecisiete años.
Domingo Nayar, Carlo Lombardo, Salvador Malraux, Vladimir Santos, Sara Solar, César Kostis e Ismael Sarrera eran las siete cabezas del Dragón imaginario. Durante la gira de estudio que tuvieron a mediados de mayo del 2019 le fueron asignados los nombres que los acompañarían durante el resto de sus vidas. Los miembros que se los otorgaron finalmente fueron asignados dentro de la organización juvenil, pero nunca dejó de respetarse aquella célula primigenia, que con el tiempo, y tras la expulsión de Sarrera y Malraux, pasó a llamarse Alta Esfera. Dentro de aquella “segunda generación” se encontraban Antonio Burgos, Francesca Noah, León Scalfaro, Alberto Derain, Marmaduke Burton, Ángela Alighieri, Europa Stevens, entre muchos otros que con el tiempo fueron relegados a papeles cada vez más secundarios. Sólo Alberto y Marmaduke permanecían vigentes, el resto o había muerto o estaba desempeñando labores menores.
Todo parecía marchar bien, hasta que de repente Ismael comenzó a actuar raro. Faltaba cada vez más a las reuniones, se mostraba distante y ausente, su novia y sus amigos dejaron de verlo. Luego, un día, apareció en las Colonias para entregarle un mensaje a Antonio, antes de desaparecer perseguido por una horda de Paramilitares. En ese entonces ya había sido vedado de la organización, y todo sus aportes pasaron al olvido. Desaparecido en acción, no fue recordado siquiera como mártir.
Sara Solar, solitaria y triste como una chica huérfana, remembraba todas estas cosas mientras observaba las fotos de la gira de estudio. A esa misma hora, Antonio Burgos paseaba por la Alameda reflexionado burdamente, enfrascado en pensamientos pseudo-existencialistas.

Camina tristemente. Es un engendro. Un semi-hombre. Decide finalmente que es un hombre. Arrastra los pies, y se los mira. Se le desatan las agujetas. Se agacha a amarrárselas, en eso pasa un auto veloz a su lado. Mira a su alrededor: Esta cerca de los Héroes, por allí transcurrió su juventud cuando aún no les llegaban las repercusiones de esa Gran Guerra que a fin de cuentas le valía un carajo. Se siente triste, muy triste, y solo. Solo como un oasis en medio de desierto, como un viejo abandonado y olvidado en algún asilo por sus familiares, por aquellos a quienes crió y educó. Respira hondo, luego suspira. Cierra los ojos, pero una gruesa bofetada de hollín y smog le llega en la cara al pasar una de esas micros a su lado. Tose y se asfixia, no puede creer lo patético que resulta ser así. Si tan solo hubiera alguien a su lado... todos sus amigos estaban muertos, asesinados sistemáticamente por un enemigo invisible. Toda la gente que alguna vez lo pudo ayudar había sido apartada estratégicamente de su vida. Se sentía pequeño e insignificante como un peón en un tablero de ajedrez, esperando ser devorado, sacrificado o canjeado en cualquier momento; su existencia no valía nada. Sigue dejando sus pasos vagar hasta llegar a Estación Central. Pasa por el lado de la USACH, donde hace unos años estudió periodismo, y en donde conoció al que sería su gran consejero y apoyo, Ezequiel Noguera. El joven de barba rizada y cabello tempranamente entrecano deseaba revolucionar la televisión desde adentro, por eso se hallaba estudiando aquella materia tan venida amenos. Antonio le había señalado que más le hubiera valido meterse en comunicaciones o conseguir algún pituto, pero Noguera creía ciegamente en que la oportunidad le llevaría a la gloria. Ezequiel, como los otros, había muerto, pero había dejado grandes cosas tras de si. Tratando de recordar los momentos junto a su mentor, Antonio comienza a internarse en las calles colindantes a la Universidad, dejándose llevar por las solitarias avenidas que se alejan de la vena principal. Se voltea y observa, alo lejos, la Torre ENTEL, tan callada y silenciosa como siempre.

La Torre también es observada por Sara, que se asoma a la ventana buscando un respiro. Es una mujer dura, pero por dentro es tan frágil como cualquier otro ser humano. Su sobrenombre en la agrupación era la Huérfana, nombre que por un tiempo le vino perfecto, pero que en realidad era sólo una verdad a medias. Su padre la abandonó a ella y a su madre cuando sólo tenía dos años. La abnegada mujer luchó por sacar adelante a su hija, enrostrándole todos sus defectos como un modo de vengarse del padre, a quien se asemejaba con creces. Marta Quiroz, madre de Sara, murió cuando la joven iba a cumplir los quince años. Esta condición de abandono era desconocida por el Dragón, así que nada tuvo que ver con su nombramiento. Este se debía más a su aire melancólico y solitario que reflejaba una falta de cariño congénita. Al cumplir los veintiuno había viajado a Nueva York a conocer a su padre, que en toda su vida no se había dignado más que legarle un apellido. Sara sólo tenía el nombre: Arsenio Solar, el hombre que su madre había esperado pacientemente hasta morir, según los médicos, de tuberculosis, según ella, de dolor. Arsenio resultó ser un hombre triste y solitario, pero no sintió lástima por él: No se la merecía. Comprendió, en cuanto lo vió en el umbral del apartamento en que se alojaba, que no la había buscado por curiosidad o por amor. Su padre se había visto viejo, sólo, y sintió en la espalda los arañazos de la muerte, cada vez más próxima. Al comprender que no le quedaba mucho tiempo en este mundo, decidió atar los cabos sueltos, y obtener no sólo el perdón de quien con justa razón lo odiaba, si no también, de paso, un poco de compañía. La mayor sorpresa de Sara fue constatar lo realmente parecidos que eran, factor que causó el florecimiento de múltiples sentimientos encontrados. El trato despectivo de su madre hacia ella se debía a aquella funesta similitud; cada vez que Marta miraba a Sara, no veía en ella más que al hombre que había jugado con su corazón para luego traicionarlo. Arsenio trató de hablar con Sara, pero ella fue muy franca: Estaría en el país el tiempo justo, y no lo pensaba perdonar. Sólo había ido para conocer el rostro del hombre que asesinó a la distancia a su madre, envenenándola con el sutil pero mortífero veneno de la desgracia. El anciano de cabello blanco y ojos celestes no profirió queja alguna ni trató de defenderse, cosa que enfureció aún más a Sara. Lo consideraba horrible, rastrero, patético. Antes del regreso de la Huérfana a Chile, Arsenio Solar sacó de debajo de su roñoso colchón las escrituras que lo acreditaban como dueño de un condominio en California. Sara recordaba muy bien aquel último encuentro. Aquella fue la última vez que lo vio. Después de eso, solitario anciano murió. No quiso confesárselo a su hija, pero ya lo sabía desde hacía cinco años. Nadie fue a su funeral, ya hora el condominio pertenecía a Sara. Murió de cáncer.

Antonio escucha atentamente el relato de Sara. A eso de las seis de la tarde se juntaron para evadir juntos la soledad que produce la enajenación. Ya era cerca de media noche. La botella de wisky reposaba llena hasta la mitad en la mesa de centro. Sara se levanta en ese instante y se dirige a un estante que hay tras ella, de donde trae una foto que entrega a Antonio. Este la observa con curiosidad. Allí, inmortalizados en papel fotográfico, recortados contra el cielo nocturno de Nueva York, Sara y un anciano con aire a Clint Eastwood sonríen a la cámara. En el fondo se puede apreciar la majestuosa luminaria de la Torre de la Libertad. Algo en aquel edificio llama la atención de Antonio, pero no logra identificarlo. Pronto pierde interés en la fotografía del viejo triste y solitario pero no de la chica delgada que ahí aparece. En lugar de seguir contemplándola en papel, deja la foto a un lado y fija sus ojos en la original, que se encuentra guardando las fotos de la gira. Antonio alcanza a recoger una que ha caído al piso, y no puede evitar una sonrisa. Allí están los seis amigos que antaño iban a todas partes juntos, que parecían hermanos o algún tipo de bizarra familia. De izquierda a derecha: Vladimir Santos, alto, delgado, con su gran nariz de vinicultor y el brillo de sus ojos grises reflejando alguna alegría secreta; Ismael, más bajo que el resto, de espaldas anchas, delgado y risueño, con sus negros rizos escapando de su gorro de lana; Francesca, una dulce sonrisa recorría su rostro y embellecía su expresión melancólica, su brillante y liso cabello negro enmarcaba su rostro que evocaba la antigua Grecia; Domingo cubría sus ojos con lentes oscuros, se había cortado el cabello, lo que daba la impresión de tener algún tipo de marine al frente, su enorme figura resaltaba entremedio de los demás, y en su rostro había una sonrisa tranquila y deferente. La foto la completaba Sara, con una expresión algo irónica en su rostro. Antonio no dejó de notar el detalle de su ropa: vestía a la usanza punk, imagen que contrastaba enormemente con la líder miliciana que ahora tenía enfrente.

Le sorprendía lo mucho que había cambiado Sara en tan pocos años. Una chica rebelde convertida a la causa de León; una niña indefensa metamorfoseada en una mujer de armas tomar. Esto le llevo a reflexionar en lo mucho que habían cambiado las cosas en esos últimos años, en donde el ritmo de vida se volvía cada vez más espeso, como si se encontrara nadando en medio de una piscina llena de melaza. Su vida seguía siendo igual de aburrida y rutinaria que antes, sólo que ahora sus amigos estaban muertos y cada noche debía acostarse con el miedo de morir en algún estallido interno durante la noche. Recordó que durante un tiempo equilibró dos mundos: el del colegio y el de sus talleres, y durante ese tiempo, fue feliz. Recordó, con cierta nostalgia, que alguna vez tuvo un amigo, quizás el único durante aquel difícil periodo, y que ahora se hallaba muerto, con el esqueleto completamente corroído por las carcomas y cubierto de alguna materia fungosa, sumergido en alguna desembocadura desconocida del Bío-Bío. Su cabeza daba vueltas, vueltas al rededor de la nostalgia y la inocencia perdida, en la lluvia de cadáveres, y algo (un corazón, un pulmón, quizás) se rompió en su interior derramándose a través de los ojos, como cálidas lágrimas que por primera vez en mucho tiempo cruzaban su rostro seco de tristeza.

Sara se acerca a Antonio, y aplasta delicadamente una lágrima en la mejilla de este. Luego lo abraza, mientras el atormentado niño-hombre se deshacía en sollozos. Lo estrecha contra su cuerpo, más pequeño que el de Antonio, lo mima, lo protege, así como ella se sintió protegida, en otro tiempo, en otros brazos. Algo dentro de ella, un corazón, quizás, se rompe... entonces comprende, y mientras el agua salada rueda por sus mejillas, besa a Antonio en la boca con la mayor delicadeza que le es posible, mientras murmura:
-Yo también lo extraño, Antonio.... yo también lo extraño.

Y así las heridas comienzan lentamente a cubrirse con una fina capa de estabilidad, de aquella frágil sensación de refugio que durante tanto tiempo buscaron los dos, mientras por el piso comienzan a rodar las ropas de ambos, y la cama de Sara se llena de sexo, sudor y lágrimas.

18.12.08

IV.- Remanentes

-¿Y cuánto falta?

Sobre ellos el sol brillaba con un candor crudo y seco, que rescrebajaba la tierra y deshidrataba los cuerpos. A cada paso que daban una pequeña nube de polvo se elevaba desde el suelo, introduciéndose luego en sus ojos al ser mecida por el viento. El paisaje era sobrecogedor: Majestuosas montañas de cubiertas de helechos espinosos, flores diabólicas y espinosas coronaban las desoladas mesetas de aquellos inhóspitos parajes. Hasta donde llegaba la vista, sólo había cerros y más cerros, muchos de ellos cortados abruptamente casi como con cuchillo, abriéndose paso a las profundas gargantas en donde el infernal sol era incapaz de llegar. El enorme desierto montañoso parecía devorar los pensamientos febriles de aquellos que usurpaban aquella tierra prohibida.
Antonio iba cerrando la marcha guiada por Sara Solar, feliz de que lo hubieran sacado de esas monótonas oficinas de la Central, pero algo irritado por haber salido fuera de Santiago. Hombre sedentario y abúlico, detestaba aquellas largas caminatas tortuosas que tanto disfrutaban sus amigos. Sara era una auténtica aventurera, y si estaba exhausta por el viaje, lo sabía disimular muy bien. Tras ella iba Bartolomé Rojas, alto y delgado, optimista y afeminado, con su cabello rojo artificial desordenado excepto en su jugoso mechón, escuchando fuerte su música scream0 en su MP5 y observando todo desde atrás de sus gafas de policía. Bartolomé vestía con una polera blanca cruzada por rayas negras y un pescador color caqui que dejaba al descubierto sus famélicas y pálidas pantorrillas. Lo seguía en la procesión Elvira Malatesta, cuya oscura piel resaltaba contra el pálido polvo que cubría aquellos cerros. Vestía como exploradora o algo así, con jockey, sus gafas de sol, su sudadera encima de la camiseta sin mangas y unos pantalones cortos que dejaban ver sus fibrosas piernas de pantera. De vez en cuando se llevaba a la boca la cantimplora que traía en su bolso. Varios pasos más atrás se encontraba Antonio Burgos, la única persona lo suficientemente estúpida como para ir a escalar cerros en camisa y corbata.
Al parecer el viento se llevó la pregunta de Burgos, pues ninguno de los ahí presentes se dio la molestia de contestar. Luego de gritar tres veces lo mismo, Sara se volteó, mirando a Antonio con sorpresa, como si aquel joven encorvado de rostro ovalado acabara de aparecer ante ella mediante algún tipo de generación espontánea.
-¿Qué dijiste?
-Dije- repitió Antonio por cuarta vez- que cuánto falta.
Sara se quedó pensativa nuevamente, con la mirada perdida en algún punto de infinito. Luego volvió la vista al frente y dijo:
-Ya no mucho. ¿Ves aquella meseta?-al decir esto, acompañó las palabras con gestos, indicando con el índice el lugar al que se refería- allí es adonde debemos llegar. Ya apenas faltan unos cuarenta minutos más de caminata.
“¡Cuarenta Minutos!” .Antonio se sobresalto, extenuado por aquel gasto de energía tan desacostumbrado para su cuerpo. Sin embargo, decidió callarse. Sara era conocida por su mal carácter y su obstinación al momento de decidir algo. Siguió arrastrando los pies a la vez que tosía y sollozaba ahogado por las nubes de polvo.
Cincuenta y siete minutos más tarde Sara y los suyos llegaron a la cima de aquella meseta. Fue allí donde Antonio Burgos desplomó su humanidad a la sombra de unos sauces, reventado por el árido ambiente y el indolente sol. Miró los cerros que se alzaban hacia el horizonte: hacia allá, en medio de alguna tortuosa ruta, estaba el camino que lo dejaría en Til-Til. Sara y el resto del equipo no lo dejarían ir hacia allá, por supuesto... Sonrió al imaginar lo heterodoxo que se vería el grupo para alguien que no conocía la misión. Un niño freak de melena colorada, una morenaza exploradora y una policía rubia, junto a lo que parecía un ejecutivo venido a menos. Pero cada integrante había sido cuidadosamente elegido para desempeñar su papel en aquel acto, aunque por más que le daba vueltas, Antonio era incapaz de comprender que mierda hacía él allí.
No le habían informado nada, salvo que debería acompañar a Sara y a los otros a aquel terreno irregular lleno de malezas resecas y espinosas, aunque de todos modos el paisaje resultaba hermoso, con aquel límpido cielo azul cruzado de vez en cuando por esponjosas y diáfanas nubes cubriendo aquella vasta intersección entre el cielo y el infierno. Para cuando abandonó estas reflexiones, el resto del equipo ya no estaba alrededor de él. Se habían alejado, internándose dentro de la meseta en lo que parecía ser un grupo de árboles muertos y tostados por el sol. Antonio se unió a ellos mientras removían aquel depósito natural de madera seca, descubriendo lo que parecía ser una plataforma cubierta por el polvo y la maleza, y disimulada a propósito con aquellos árboles caídos. Aquel piso artificial estaba hecho con tablas y resultó ser una especie de portezuela que conducía a algún sótano excavado en la meseta de aquel paisaje precordillerano. El hallazgo pareció sorprender sólo a Antonio. Daba la impresión que tanto Sara como los otros esperaban encontrar aquello justo allí. Una vez más Antonio se sintió humillado al percatarse de lo realmente poco que sabía de aquella misión.
Sara hizo una seña a los demás para que la siguieran escaleras abajo, a la vez que desenfundaba una subametralladora UZI. Era una mujer delgada y desgarbada, de cabello pajizo tomado en una cola de caballo. Su rostro era delgado y alargado, con pálidos ojos de un celeste claro, vestida con el uniforme azul que caracterizaba a la división militar de la Central. Su duro mirar envejecía su expresión, pero en realidad sólo tenía 24 años. Sara Solar, Líder de la Escuadra de Avance de la Central, había estado en la organización juvenil desde el principio, y era sumamente respetada incluso por León Scalfaro. Pero el reciente incidente con los Paramilitares de la Frontera en la que se había visto involucrada había mermado su reputación. El hecho de que la hubieran enviado a ella en aquel asignamiento y no algún otro miembro de la Escuadra, ayudaba a suponer que León deseaba tener a Sara lejos de la Central durante algún tiempo, por lo menos hasta que se calmaran los ánimos.
El resto del equipo descendió tras ella por las escaleras de hormigón erigidas en aquel sitio por algún albañil clandestino. La joven iluminó el lugar con su linterna, examinando las paredes hasta topar con un interruptor de luz. No muy convencida, se acerco a él y lo accionó. De inmediato el lugar se iluminó bajo la pálida luz de los tubos fluorescentes.
El estupor de Antonio Burgos creció ante la visión que se desplegaba ante a sus ojos. Frente a él se extendía un largo pasillo de paredes blancas y piso de cerámica, que no podía corresponder a nada más que algún tipo de hospital o consultorio. “Esto no tiene sentido”, pensó Antonio. Luego, olvidando el respeto de subordinado, preguntó:
-¿Qué es este lugar?
Sara le dirigió una mirada con tristeza. Al parecer ese lugar le traía malos recuerdos.
-Esta- dijo sombríamente- era una clínica clandestina utilizada para experimentar con nuevas armas biológicas.
La historia de aquel laboratorio secreto enclavado en las entrañas de aquellos cerros era realmente terrorífica. Alrededor del año 2009 hubo dos alumnos de la Facultad de Ciencia y Medicina de la Universidad de Chile que deseaban experimentar un nuevo tipo de arma bacteriológica, un germen que eventualmente podría usarse como arma en caso de alguna Guerra... El decano de la Universidad prohibió sus investigaciones, por lo que aquellos jóvenes, cegados por la temeridad y la inconciencia de la adolescencia, establecieron aquella clínica clandestina en donde podían seguir sin ser molestados sus investigaciones poco ortodoxas. En poco tiempo lograron desarrollar sucedáneos de gas mostaza y fosgeno, pero realmente su ambición quería más: deseaban desarrollar un virus mortal y efectivo, totalmente incapacitante. El real alcance que tuvo el avance de las investigaciones de los jóvenes universitarios es desconocido, ya que en el año 2014 Miguel Ángel Catrileo, uno de ellos, abandonó el país con rumbo desconocido. Tiempo después, el otro científico implicado, Sebastián Andrews, fue encontrado muerto en su apartamento, con el rostro completamente desfigurado por causas desconocidas. La autopsia no arrojó nada. Al día siguiente del traslado del cadáver a la Morgue, el Instituto Médico legal fue quemado. Tampoco se aclararon las causas del siniestro, aunque se descubrió un acelerante de origen incierto, que tenía ciertas similitudes con la nafta. La elaboración que presentaba el lugar demostraba todo el tiempo que los científicos habían invertido allí. Quizás en los primeros años aquello no era más que un sótano con piso de tierra y un par de vigas. Pero seguramente, con el correr del tiempo, fueron reclutando gente y ganando dinero, por lo que se vieron capaces de convertir aquel horrible lugar en una verdadera base de investigaciones.
- Fascinante-murmuró Antonio-pero aún no entiendo que vinimos a hacer aquí.
- Necesitamos conocer que tan lejos llegaron Catrileo y Andrews en el desarrollo de aquella peste mortal. Bartolomé tratará de rescatar algo de los ordenadores que aún sirvan, aunque la mayoría son modelos del año 2000, lo que nos pone las cosas aún más difíciles. Será difícil trabajar con computadoras tan arcaicas.
-Muy bien. Entiendo que Bartolomé y tu hayan sido requeridos para esto ¿Pero qué mierda me toca a mí? ¿Por qué no puedo simplemente irme a mi casa?
Sara le dirigió una mirada de reproche a Antonio, pero fue Elvira quien rompió el incómodo silencio.
- Aunque quisiéramos, ya no te podemos dejar ir, sabes demasiado. El mismo León ordenó incluirte en esta misión, pues necesitaba a alguien de confianza. ¿Acaso olvidaste qué estudiaste en la USACH? Eres un periodista, tú deberás presentar el informe de todos los hallazgos y percances de esta encomienda. Te trajimos para que seas el testigo que deje constancia de los acontecimientos.
- Muy bien, muy bien. Eso ya me quedó claro. Pero hay otra cosa que no entiendo.
Elvira suspiró. Sara se adelantó, irritada, pero Bartolomé la detuvo.
- Déjalo-dijo- es mejor que tenga la mente clara para que no olvide lo que tiene que escribir.
- Muy bien, aquí voy. Lo que no entiendo es por qué precisamente nosotros fuimos enviados en esta misión, siendo que en la Central disponen de equipos expertos en esto y perfectamente preparados para cualquier traspié.
- Yo puedo responder eso-la voz correspondía a Sara- León deseaba que sólo gente de su confianza efectuara este asignamiento, por un asunto de confidenncialidad.

León, León, León. Eso parecía ser su respuesta para todo, pensó Antonio irritado. Se preguntaba como podía un hombre tan ocupado como el Jefe de Gobierno tener tiempo para señalar al dedillo a los encargados de efectuar tal o tal tarea. Intuía que alguna otra persona había hecho la selección, y había dado el nombre de León sólo para justificar su decisión.

El resto del día se fue en recolectar evidencias y rescatar información decodificada. Sin saber si el trabajo había resultado realmente fructífero, Antonio tomaba notas de los cada pequeño detalle que acontecía. El hallazgo de un par de esqueletos humanos aún con sus ropas de trabajo llamó la atención de Elvira, que había sido enviada allí como forense. La curiosidad de Antonio se dirigió hacia uno de los cuerpos, de cuyo cuello colgaba una brillante cadena de oro. Ayudó a Elvira a guardar los restos dentro de una bolsa para facilitar su traslado a la Central. Luego todo continuó de manera metódica, con Antonio reflexionando en los inútiles que resultaba a veces trabajar para la Central, con días completamente perdidos.
No fue si no hasta horas después, cuando se hallaba tendido en su cama luego de haberse dado una ducha, cuando su mente comenzó a hilar los pequeños hechos que hasta el momento habían pasado desapercibidos: El vago recuerdo de un artículo de periódico en donde al parecer se hablaba de un encuentro armado entre unos ladrones desconocidos y los guardias fronterizos; los rumores del robo de algún tipo de arma con fines terroristas; el anuncio del gobierno chino del desarrollo de un virus que cambiaría el rumbo de la Guerra; y las lejanas noticias que anunciaban los desmanes ocurridos en EE.UU. en la que los soldados morían en medio de espantosas convulsiones. Antonio cerró los ojos intentando calmarse. Se levantó y preparó una taza de Mate, alejando de su mente aquellos oscuros pensamientos y sus fatalistas conjeturas, intentando no pensar que aquel acaudalado millonario chileno que acababa de llegar de China hacía tres días no era en realidad Miguel Ángel Catrileo con un nombre falso.

10.12.08

III.-Ad Ovo

Tropieza, cae, se rompe la cabeza y despierta sobresaltado. Así comienza el día de Antonio Burgos, encargado de monitorear la Red en busca de posibles amenazas cibernéticas. Hace siete años comenzó la guerra. Hace cinco llegaron los jóvenes al poder. Y hace tres que no se sabe nada de Ismael Sarrera. El enorme peso de haber sido la última persona que lo vio con vida lo ha torturado a lo largo de todo este tiempo... Pero no es momento de lamentarse. Se levanta de su cama, alejando de su pensamiento el sueño en el que huía a través de un barranco en las Colonias, en donde tropezaba y recibía una herida fatal en la cabeza; y se concentra en sus objetivos para el día, paso a paso: Dejar la cama, vacía y sucia; bañarse, afeitarse, lavarse los dientes y demás enseres relativos a la higiene personal, tomar un escuálido desayuno (tostadas y café, frío para variar y negro como la tinta china), ponerse su tenida de trabajo (¿Dónde están las camisas cuando se les necesita? ¿Habrá aún alguna limpia?) y salir a la calle para tomar la micro que finalmente le llevará a la oficina donde desempeña como Monitor. Una vez sentado dentro de aquel “cómodo” transporte público, se dedica a observar a la gente a su alrededor: Nadie de los allí presentes parece estar feliz, y el frío de aquellos instantes previos al amanecer parece teñir de gris los rostros de sus conciudadanos. Asqueado, desciende del bus al llegar al paradero. Camino al trabajo, compra un periódico y se entretiene leyendo la portada mientras camina: “CHAINGUN CANNONS VISITA CHILE”. Una vez al tanto de los pormenores del advenimiento de la banda de soft-rock británico al país, fija su atención en un segundo encabezado, bastante más pequeño que el primero, en el que aparece su viejo amigo y colega León Scalfaro estrechando la mano del Presidente de Argentina, con la leyenda que reza “Jefe de Gobierno visita Buenos Aires y sale al paso del impasse con los Paramilitares de la Frontera”.Interesado, continúa leyendo mientras atraviesa el zaguán que le lleva al recibidor de las oficinas. “Luego del confuso incidente en el Cruce de los andes, donde terminaron muertos cinco funcionarios del ejército argentino, el jefe de Gobierno León Scalfaro ha efectuado esta mañana una visita diplomática al vecino país, para conversar acerca de los hechos con el presidente Simonelli. ‘Esto no es de ningún modo una disculpa, y no es mi objetivo comparecer ante el gobierno argentino. Mi única intención es aclarar los hechos acaecidos para evitar malentendidos y futuros conflictos’. Pese a las duras palabras del mandatario, esta visita ha calmado los ánimos generados luego del desafortunado incidente. Nuevas informaciones señalan que el número total de muertos sería ocho, los cinco funcionarios trasandinos antes mencionados, más dos milicianos chilenos, y un cadáver aún sin identificar. El jefe de la guardia fronteriza, Carlo Lombardo, ha declarado que en los próximos tres días espera...”. Cerró el periódico, pues ya había leído suficiente, además que ya era hora de trabajar. Al final del amplio recibidor de blancas paredes de mármol y reluciente piso de cerámica, había un escritorio adosado ala pared en donde un par de funcionarias recibían y desviaban las llamadas telefónicas entrantes y atendían a los recién llegados tecleando códigos incomprensibles en sus ordenadores. Todas iban vestidas de azul, con un simpático prendedor dorado adosado al cuello de sus vestónes. Una de ellas, pelirroja natural, delgada y con lentes sin marco se volteó hacia Antonio cuando le vio llegar.
-Identifíquese.
Antonio suspiró. La chica le conocía, pero el protocolo obligaba a repetir la misma absurda pantomima todas las mañanas:
-Antonio Burgos, sector D, ala 5, Número de identificación 9392045747.
La recibidora ingreso los datos en su computador, la que en unos instantes emitió un sonido de aprobación:
-Bienvenido, señor Burgos, que tenga un buen día.
-Si...-masculló Antonio.
Avanzó, como tantas otras veces, a través del umbral que le conducía al pasillo que, a su vez, desembocaba en el ascensor que lo llevaría finalmente a su oficina de trabajo. El ascensorista pareció no reconocerlo. “Piso 3”, murmura Antonio, a la vez que piensa “¿Cómo es posible tanta alienación? ¿En qué momento se perdieron nuestros Ideales?”
Cuando llega al tercer piso, luego de haber atravesado otro par de pasillos para llegar a su ala, no puede evitar esbozar una sonrisa. La habitación de trabajo, amplia, cuadrada, con un inmenso ventanal de cristal que ocupa toda la pared, es el sitio perfecto para concentrarse, para trabajar de manera integra y efectiva. Observa, aunque sólo unos instantes, las cinco hileras de cubículos en los que esta dividida la sala, cada uno equipado con un computador conectado a la red global, anhelantes y dispuestos a buscar los potenciales peligros de la red. Antonio suspira y se encamina a su oficina, un cubículo de 2x3 m3 en donde pasará las próximas ocho horas. Se sienta, enciende el ordenador, y mientras este se carga, sigue hojeando el diario. Inevitablemente regresa al artículo de León, su viejo amigo, colega, camarada, aquel que le dio aquel puesto en la Central, que conoció como joven idealista, y que ahora no veía más que en reportajes que lo mostraban como un amargado jefe de gobierno, más preocupado de mantener el orden que de cambiar la situación del país de una vez por todas. Sombrío, cierra el diario y trata de contemplar los hechos con objetividad, tasando cada pequeño acontecimiento y cada macro-incidente dentro de su bullida cabeza.
Hacía ya siete años que EE.UU. le había declarado la guerra a China, argumentando que aquel país poseía armas de destrucción masiva y que el gobierno había estando pasando a llevar los derechos humanos. Alguna gestión suavizo la intervención de la ONU y pronto el conflicto armado estallo de manera casi evidente, aunque todas las noticias, tanto de bloque occidental como del oriental, llegaban tergiversadas y al final era muy poco lo que se podía sacar de todo aquello. No pasó demasiado tiempo para que ambos contendores buscaran aliados. Alemania, Rusia y las naciones del Golfo Arábico se coludieron con China para hacer frente de una vez por todas y para siempre al Imperio Yanqui. Inglaterra y Francia decidieron ayudar a los Estados Unidos, pero no parecían tan seguros al momento de actuar. Pronto el conflicto llegó a tierras hispanas, debido a la repercusión económica que tuvo la guerra (llamada por algunos “la Guerra del Siglo XXI”) y varios países entraron en Crisis. Argentina debió devaluar su moneda, lo que significo grandes pérdidas para el país. Venezuela obtuvo el monopolio del mercado petrolero, ya que los Turcos se hallaban imposibilitados de ejercer el comercio. Aprovechando la confusión, estalló una guerra civil en Bolivia que concluyó con el asesinato de presidente y del primer ministro y la llegada al poder de la indiada altiplánica. En Chile este conflicto tuvo consecuencias insospechadas.
Tras cincuenta años de ausencia en el gobierno, los conservadores habían retomado el poder, pero el país se hallaba sumido en la histeria colectiva al contemplar el monstruoso deja-vú que desfilaba ante sus ojos: Una nueva Guerra Fría, una nueva Crisis económica y su consiguiente recesión, y un quiebre en el gobierno, traía a la memoria, más nacional que personal, el oscuro periodo de la Dictadura Militar, que en circunstancias parecidas había tomado el poder para reestablecer el orden... a altos precios.
A partir del 11 de septiembre de 1973 que el pueblo chileno es un tanto sensible a materias políticas y crisis sociales, por lo que la expectativa de una nueva Guerra Fría y las repercusiones que podría tener sobre la nación no pudo más que suscitar al caos y la confusión. La interrogante se dibujaba en los rostros del grueso de la población ¿Quién gobernaría sobre Chile ahora? El retorno de la a esas alturas casi inexistente Concertación al poder estuvo marcado por la tragedia. Protestas aprovechando la suavización del Gobierno terminaron de manera violenta en casi todos los casos, muriendo tanto jóvenes como policías, la mayor parte de ellos inocentes... No pasó demasiado tiempo para que el presidente dimitiera de su cargo, presionado por toda aquella confusión. Sin embargo, nadie parecía tener el valor para hacerse responsable de la inestable nación. La gente no confiaba en los Militares ni en los emisarios estadounidenses, debido al miedo de vivir ellos el horror que ya debía de quedar atrás. Los sobrevivientes de la Concertación no recibieron apoyo alguno, y los Conservadores estaban más preocupados de rescatar la mayor cantidad posible de dinero que de reestablecer la armonía al país. El futuro se veía lúgubre, Chile moría a la edad de 214 años...
Todo hubiera terminado allí, y la amarga lucha que Lautaro y Pedro de Valdivia libraron durante trescientos años habría sido en vano si en ese momento no se hubiera alzado un grupo que nadie esperaba ver, y al que todos parecían haber olvidado: Los Jóvenes.
Pero no era cualquier grupo de Mocosos (peyorativo sobrenombre que los mayores les asignaron) el que se erguía entre la multitud, llamando a la calma. Era, como el analista político Demian Rocabado llamaría posteriormente, una juventud nueva. Insensibles al miedo irracional de los mayores a la Dictadura Militar (proceso que ellos no habían vivido y que para ellos no era más que un cuento), su poder de organización heredado de sus padres que lucharon, a sabiendas de la derrota, por una mejora en la educación pública, dio confianza a la descorazonada gente y terminó por llevarlos al poder. En un comienzo solo había puestos artesanales que los Mocosos ocupaban para repartir comida, alojamiento y atención pública, ya que los hospitales y los negocios se hallaban paralizados. Nunca se supo de donde sacaban aquellas provisiones, aunque tiempo después se rumoraría algo de un saqueo... Con el tiempo la misma gente los llevaría a la cúspide política, pese a los alegatos de parte de los Conservadores y los remanentes de la Concertación. La idea de que aquellos niños llenarían de nuevas propuestas al país alentó a la población y finalmente, el 4 de agosto del 2029, León Scalfaro, líder de esta organización, sería elegido por aclamación en la Plaza de Armas.

Antonio abrió los ojos, luego de aquel profundo racconto histórico. Habría seguido divagando acerca de las repercusiones y que tuvo aquel proceso socio-político, y todos los conflictos que debió enfrentar para llegar a lo que tenía ahora a su alrededor, que podría decirse era una estabilidad social optima. Sin embargo, alejó esta idea de su cabeza luego de observar el reloj y decidir que ya era tiempo de trabajar un rato.

A las 15:30 hrs. Antonio vuelve a mirar su reloj, cogido de sorpresa por la suave música que anuncia cambio de turno. Apaga su ordenador, y espera mientras los procesos se guardan y archivan dentro de aquella ficticia masa de información. Al apagarse el último fotón de la pantalla, un joven sombrío y triste, de mirada atormentada y cabellos revueltos, algo desgarbado y encorvado por los años sentado frente a un monitor y bastante mal alimentado aparece en el lugar en que debería estar su reflejo. Luego de observarse unos instantes, Antonio Burgos se levanta, coge el periódico y emprende el largo camino a casa.

24.11.08

II.- PERSECUCIÓN Y CAÍDA

Aunque no los puedo ver, siento sus pasos. Ya siento que vienen por mí, lo percibo en el aire. La tierra retumba bajo sus pesadas botas remachadas de acero, por aquí y por allá puedo ver como relucen en la oscuridad sus fusiles. No, no tengo miedo. Si estoy corriendo es sólo porque mi instinto me dice que debo hacerlo, porque mi orgullo no quiere verme humillado y por debajo de estos imbéciles mal entrenados. Pero... ¿Qué es esto?

Mierda. Una bala en el hombro. Por suerte que esta oscuro. Este bosque...lo conozco de memoria. Era parte de mi ruta de cartero. Ellos no. Terreno nuevo... eso me da una pequeña ventaja, debo aprovecharla si quiero salir de aquí. Mierda, ahí están otra vez...
Aquí no pueden verme, por suerte. Estos árboles se caracterizan por sus raíces, que se levantan del piso y ofrecen buen refugio a los animales salvajes...
Desde aquí tengo muy buena perspectiva. Ya los he contado, creo que son siete, jóvenes e inexpertos. ¿Qué es esto? Vaya...tienen miedo. Si lo pensaran bien, sabrían que la balanza está a favor de ellos: Tienen la ventaja numérica y están armados hasta los dientes. Yo soy débil y enfermizo, ni siquiera tengo algo con que defenderme, y dudo que logre alguna oportunidad contra ellos, a pesar de su ineptitud... Pero creo que he hecho un buen trabajo al crear el personaje, ellos deben pensar que soy una especie de superhombre o algo así...jejeje, mi fama me precede.

Aquí viene uno... intentaré algo, aunque creo que pude ser peligroso...

Okay, creo que no soy tan malo luchando. Ha mordido el polvo y no alcanzo ni a gritar... solo está inconsciente, ya no quiero que mis manos se llenen más de sangre. Al menos él me servirá de algo...

Tango un Fusil, un cuchillo y un chaleco antibalas... de todas formas es mejor correr que enfrentarlos. Además, estoy herido. No creo que pueda hacer el truco de las patadas al cuello de nuevo...

Siempre he tenido esa especie de sexto sentido en donde sé de antemano qué ocurrirá...esta vez mi mente está nublada por el miedo. Creo que esta noche voy a morir.

Miro hacia atrás, y siento pena. Pienso en todo lo que no podré hacer, en las promesas que no podré cumplir, en la gente que me extrañará y que no sabrá por qué no la visitaré este verano. Pienso en lo joven que soy aún, y en todos los secretos que me llevaré a la tumba sin revelar...

Soy el último de mi raza, y el primero. Toda mi cultura, todas mis costumbres, todos mis ritos y conocimientos se irán una vez que me alcancen. Ahí vienen...

Tropiezo con algo y caigo al suelo. Sin apuntar, disparo y siento un grito. Mi eterna suerte...justo en la cabeza, me incorporo a duras penas y sigo, pero siento algo caliente en la pierna...Dios...sangre. El dolor acompaña ahora mis pasos. No llegaré mucho más lejos.

-Alto.

Si, este es el final. El grito del soldado lo ha dicho todo. Aquí...aquí acaba el bosque, ahora viene solo este claro y después...el abismo. Ya están todos aquí. Me volteó. Los enfrento, los encaró. Me matarán, claro. Pero moriré luchando. Hace unos años la imagen de un Yo entre el abismo y un grupo de soldados, con el torso desnudo y un arma en la mano me hubiera llenado de orgullo. Es un buen final. Pero ahora no. Ahora quiero vivir. No lo comprendemos hasta que lo vivimos.

Estoy Gritando. Despojando a mi mente de todo pensamiento, grito. Y disparo.

20.11.08

I.- LA ESPERA

Encendió un cigarrillo y esperó. Afuera, el frío descendía como una espesa manta y hacía crujir los árboles más viejos. Adentro, un tímido fuego danzaba en la chimenea. La madera estaba húmeda y la habitación estaba cerrada, por lo que para evitar en exceso de humo había puesto sólo un leño, el resto estaba secándose.
Encendió otro cigarrillo. La oscuridad parecía ser su única compañía. Pero prefería estar allí, en la Cabaña, que en el Cuartel con Domingo. Dios, detestaba a Domingo. Sus frases de otros labios, su dogmatismo, lo tenían podrido. Además estaba Alberto. Era simpático, hasta le agradaba. Pero desde que se había manifestado había un aura amenazante en torno a él. No es que le tuviera más miedo ahora, que tenía poderes, que antes; Alberto siempre había sido algo agresivo. Es más, ahora que poseía el Don se había vuelto más precavido y abordable, aunque no menos temperamental.
Miró hacia afuera. La Cabaña se erguía sobre una pequeña loma, ante la cual se extendía una planicie llena de hojas secas, arrastradas por el viento desde el bosque que rodeaba la zona. A la luz de la Luna, el piso brillaba; parecía estar hecho de seda, con tonos que vareaban desde el azul pálido al turquesa profundo. Más allá, sólo oscuridad. Del bosque provenían extraños sonidos, gritos que no llegaban a ser gritos, como cantos en algún extraño idioma que era imposible de comprender para los humanos, como si el viento silbara a través de una garganta milenaria, llena de musgo, y la hiciera gemir, entonando himnos indescifrables de tonalidades verdes. Muchos hombres se habían perdido en esos bosques, buscando a las dryades que supuestamente lo habitaban.
Él no. Él no necesitaba buscar magia. No después de lo que había visto.
Hace unos meses, era un hombre normal, acababa de salir del Liceo y trabajaba de medio tiempo para costear su educación superior.
Ahora, estaba en el puesto del vigía, en medio de un bosque embrujado, donde la aldea más cercana se hallaba a cinco kilómetros por una difícil ruta en medio de riscos.
Se volteó hacia el interior de la Cabaña: Todo estaba en su sitio. A su derecha, arrinconada, la cama. En el rincón opuesto, a su izquierda, la chimenea albergaba una llama agonizante. A los pies de la chimenea había un saco de dormir, por si hubiera visitas. Frente a él, una pequeña escalera conducía al estrecho pasillo que daba al cuarto de baño, y a la puerta de entrada. Esta era de roble y tenía un madero atravesado para evitar las visitas indeseadas.
Al lado de la cama, que estaba sin usar dado el hecho que no había dormido, había un fusil cargado y un machete carcomido por el óxido: Las únicas armas que le habían dado. Daba lo mismo, no las necesitaría. Aún no.
Echó un leño seco a las brazas y apagó la luz. Al menos había luz eléctrica. El resto era un infierno, sin TV., refrigerador o microondas. Se sentó sobre la cama y sumergió el rostro en sus manos. Estaba cansado. Cogió el fusil y se arrinconó, apoyando la espalda en la pared. Comenzó a recordar veranos añejos, con chiquillas hippientas, bebiendo mate y cantando canciones de amor y revolución. Poco, sus ojos se fueron cerrando.

Lo despertó un sonido de golpeteo. Miró a su alrededor, aún estaba oscuro. En la chimenea, el fuego ya había muerto. Volvió a sentir el golpeteo, entonces lo vio. En el ventanal, que ocupaba casi toda la pared, había un hombre que intentaba entrar. Era El Sobreviviente.
Abrió la ventana para dejarlo entrar. Se veía muy agitado.
-Tenemos problemas, Antonio.
-¿Qué ha sucedido?
Guardo silencio un momento antes de responder. Luego, lanzó:
-Tenemos otro manifestado.